Hay quien piensa en la felicidad como en un todo. Una vida feliz, soy feliz o infeliz, son solo frases categóricas que limitan (paradojicamente al extenderla en el tiempo) el significado real de la palabra. También es fácil confundirla con el éxito o el placer, difuminando sus fronteras con la vanidad o el hedonismo. Cada uno tendrá su propia visión al respecto y sus particulares experiencias. La mía , tan refutable como cualquier otra la reduce a segundos o minutos, instantes de plenitud donde no cabe el pensamiento, solo la deliciosa sensación de que todo concuerda en un lugar y un momento que estaban esperando por ti. Sin particular trascendencia ni significado, desapercibidos para el resto, fugaces e incontrolables, aparecen por sorpresa y toman posesión de tu mente y de tu cuerpo . Como salir del mar en un día caluroso de verano, tumbarte en la toalla sin secarte, cerrar los ojos y abrir los demás sentidos. El tacto acariciando la arena caliente con la yema de los dedos húmedos, el oído encontrando un ritmo hasta entonces desapercibido en el rumor de las olas, el olfato distinguiendo los matices de vida y muerte que trae la brisa del mar y el gusto salado al atrapar con la lengua una gota que resbala por los labios entreabiertos.
Y tal como aparece se va , tras una nube que oculta el sol por un segundo, dispersa detrás de pensamientos inoportunos o simplemente yéndose lentamente, sin dejar un rastro para seguirla
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